Una carrera tranquila antes del caos
En la madrugada del 11 de septiembre de 2001, George W. Bush hacía su carrera habitual en un campo de golf en Florida. El entonces presidente de Estados Unidos parecía relajado. Entre los pocos periodistas que lo acompañaban estaba Steve Holland, corresponsal de Reuters. El viaje tenía una agenda sencilla: un evento sobre educación en Sarasota, en la escuela primaria Emma E. Booker.
El día comenzó con cielo despejado y rutina protocolaria. Nadie en la comitiva imaginaba que, horas después, el presidente estadounidense sería avisado, en un aula, de que el país estaba bajo ataque.
El primer aviso y la confusión inicial
Mientras Bush se preparaba para leer con niños, llegó la información de que un avión había impactado una de las Torres Gemelas, en Nueva York. Al principio, los asesores trataron el episodio como un posible accidente. La comitiva presidencial, sin embargo, comenzó a monitorear la situación con aprensión.
Steve Holland recuerda que la prensa que viajaba con Bush recibía información fragmentada. No había claridad sobre la gravedad. Minutos después, un segundo avión impactó la otra torre. La hipótesis del accidente perdió fuerza. Quedó evidente que Estados Unidos era blanco de un ataque coordinado.
El susurro que paró al país
Fue dentro del aula donde ocurrió el momento decisivo. Andrew Card, jefe de gabinete de la Casa Blanca, se acercó a Bush y le susurró al oído. La frase pasó a la historia: Un segundo avión impactó la segunda torre. Estados Unidos está bajo ataque.
El presidente no se levantó de inmediato. Permaneció algunos minutos con los niños, intentando mantener la calma y evitar el pánico. La expresión de su rostro, sin embargo, cambió. El reportero de Reuters describe la escena como un instante de tensión absoluta, cuando la rutina se rompió y el mundo pareció detenerse.
Decisiones de emergencia a bordo
Después de salir del aula, Bush fue conducido a un espacio reservado. Telefoneó al vicepresidente Dick Cheney y a otros asesores. Luego, hizo un breve pronunciamiento a la nación. La comitiva presidencial abandonó Sarasota a toda prisa.
El Air Force One despegó bajo un fuerte esquema de seguridad. No había certeza sobre cuántos otros aviones habían sido secuestrados ni sobre nuevos objetivos. La ruta de regreso a Washington fue improvisada. El avión presidencial hizo escala en la Base Aérea de Barksdale, en Luisiana, y luego en la Base de Offutt, en Nebraska. Bush grabó mensajes al país antes de finalmente regresar a la Casa Blanca esa noche.
Periodistas confinados e información escasa
Para Steve Holland y los demás reporteros en el avión presidencial, cubrir el 11 de septiembre significó trabajar con información limitada. El acceso era restringido, y las comunicaciones, controladas por cuestiones de seguridad. La prensa dependía de relatos de asesores y de imágenes transmitidas por televisión.
El recuerdo del corresponsal es el de un día en que el periodismo tuvo que lidiar con lo desconocido. Con cada nueva actualización, crecía la dimensión de la tragedia. Las Torres Gemelas se derrumbaron. El Pentágono fue impactado. Un cuarto avión cayó en Pensilvania después de que los pasajeros reaccionaran.
El contraste que quedó para siempre
Steve Holland recuerda el contraste entre la carrera tranquila en el campo de golf y el horror que siguió. En pocas horas, el presidente de Estados Unidos pasó de una agenda educativa al liderazgo de una nación en crisis. Aquel 11 de septiembre cambiaría la política exterior estadounidense, las leyes de seguridad y la vida de millones de personas.
Casi 3.000 personas murieron en los ataques. Más de dos décadas después, el recuerdo del susurro de Andrew Card aún simboliza el momento en que George W. Bush y el mundo supieron que nada sería como antes. Para el reportero que lo vio de cerca, la memoria permanece como un retrato preciso del instante en que la historia cambió de rumbo.